16 Sep

Adiós a los cuernos, llegó la Era del Poliamor

No son polígamos, ni religiosos, pero tienen parejas múltiples, estables o no. Creen en la “no monogamia ética” y aseguran que son más que felices.

Terisa Greenan y su novio, Matt, disfrutan de un atípico día de sol en Seattle mientras comparten una deliciosa comida en el patio de un restaurante local. Matt y Terisa están de la mano y el hijo de Matt de 6 años se acurruca entre los dos para darle un beso en la mejilla a Terisa. Su madre, Vera, mira la escena y sonríe; ella está con su novio, Larry. De repente, se larga a llover y todos se van adentro. En el proceso, se reorganizan: la mano de Matt roza la pierna de Vera. Terisa le da un beso a Larry. El chiquito, que parece no sorprenderse por la situación, abraza a su madre y empieza a comer. Terisa y Matt y Vera y Larry —junto con Scott, que también está en la cena— no son swingers propiamente dicho; no buscan sexo casual. No son polígamos como los protagonistas de la serie “Big Love”, de la cadena HBO; no son religiosos ni tienen varias esposas. Creen en la “no monogamia ética”, es decir, en establecer una relación íntima y amorosa con más de una persona, siempre con el conocimiento y consentimiento de todos los que participan en la relación. Son poliamorosos, el término específico que describe a las familias de múltiples parejas como ésta, y lo cierto es que no les interesa vivir de otra manera.

Terisa, de 41 años, es el centro de este grupo poliamoroso. Esta actriz y cineasta es elocuente, esbelta y atractiva; tiene pelo oscuro y largo hasta los hombros, piel de porcelana, y una imperiosa necesidad de ser el centro de atención. Hace doce años, empezó a salir con Scott, escritor y vendedor de discos de música clásica. Unos años después, Scott le presentó a Larry —que trabaja en Microsoft como desarrollador de software—, y la pareja no tardó en enamorarse, con el consentimiento de Scott. Hace una década que los tres viven juntos pero, además, siguen saliendo con otras personas. Hace poco, Terisa decidió sumar a Matt —londinense radicado en Seattle— al grupo. Vera, la esposa de Matt, estuvo de acuerdo; al poco tiempo, Vera empezó a salir con Larry, el esposo de Terisa. Si Scott empieza a sentirse un poco abandonado, puede llamar a la mujer con la que está saliendo en forma casual. Todos los miembros de este grupo son heterosexuales, y aseguran que nunca se acuestan con más de una persona a la vez.

La situación confundiría a cualquier monógamo. Pero es mejor que los tradicionalistas se vayan acostumbrando.

Si bien algunos investigadores están empezando a estudiar el fenómeno, los pocos que tratan el tema estiman que ya hay medio millón de familias abiertamente poliamorosas en Estados Unidos, con grupos numerosos en casi todas las ciudades más importantes del país. En el último año, libros como “Open” (“Abierta”), de la periodista Jenny Block; “Opening Up” (“Abriéndose”), de Tristan Taormino, periodista que escribe sobre el sexo; y la versión actualizada de “The Ethical Slut” (“Una puta con ética”) —que muchos consideran la biblia de las relaciones con múltiples parejas— ayudaron a difundir este concepto. Hoy en día hay blogs y podcasts sobre relaciones con múltiples parejas, reuniones y una revista poliamorosa titulada Loving More (“Amar Más”), que se publica online y cuenta con 15.000 lectores asiduos.

Algunos famosos, como la actriz Tilda Swinton y Carla Bruni, la primera dama de Francia, expresaron su apoyo a la “no monogamia”, y Greenan se convirtió en una suerte de vocera no oficial, ya que creó “Family”, una historieta virtual sobre el poliamor, que incluye algunos aspectos de su vida real. “Siempre hubo voceros acérrimos de las dificultades de la monogamia y de las relaciones con varias parejas”, señala Ken Haslam, anestesiólogo retirado y curador de la biblioteca sobre poliamor del Instituto Kinsey para la Investigación del Sexo, el género y la reproducción, con sede en la Universidad de Indiana. “Pero, ahora, con Internet, el tema se trata abiertamente”.

Algunos de los líderes de la derecha religiosa de EE. UU. condenaron públicamente el poliamor como uno de los tantos comportamientos anormales que seguramente se volverán normales si en ese país se legaliza el matrimonio homosexual a nivel federal. “Alentados por el éxito del movimiento a favor del matrimonio homosexual, los que practican este estilo de vida están saliendo a la luz”, comenta Glenn Stanton, director de estudios familiares de Focus on the Family (Enfoque En la Familia), un grupo cristiano evangélico. “Y si bien en parte pienso: ‘No creo que esto cobre mucho impulso’, otra parte de mí dice: ‘¿Ah, sí? ¡Miralos!’”.

La noción de tener relaciones con varias parejas es tan antigua como la raza humana. Pero los poliamorosos remontan el origen de su movimiento a la utópica comuna “Oneida”, fundada en 1848 en el norte de Nueva York por John Humphrey Noyes, teólogo egresado de Yale. Noyes creía en una especie de vida comunal que él esperaba que enmendase las relaciones entre hombres y mujeres; ambos géneros tenían igualdad de voz en los asuntos de gobierno de la comunidad, y se consideraba que todos los hombres estaban casados con todas las mujeres.

Pero no hasta fines de las décadas del 1960 y ‘70 que el poliamor, este movimiento de “amor libre”, se puso de moda: libros como “Open Marriage” (“Matrimonio abierto”) encabezaban las listas de bestsellers y grupos como el Club de Swingers de Estados Unidos comenzaban a experimentar con dicho concepto. El término “poliamor”, acuñado durante la década de 1990, apareció en los diccionarios Merriam-Webster y Oxford English en 2006 (aunque aún no figura en el de la Real Academia Española).

Para algunos, el poliamor es un sueño hecho realidad: para muchas parejas, es la posibilidad de condimentar las cosas y de darse un respiro de la familiaridad y el aburrimiento que condenan a tantas parejas tradicionales. Pero los humanos estamos programados para sentir celos y, aunque es posible superarlos, las parejas poliamorosas “luchan contra la Madre Naturaleza” cuando niegan esos instintos, explica la antropóloga biológica Helen Fisher, una profesora de la Universidad Rutgers que hace mucho tiempo que estudia la química del amor. Según los poliamorosos, lo que ellos hacen no es precisamente negar esos instintos biológicos sino tratar de superarlos, a través de una comunicación abierta, paciencia y honestidad.

Los poliamorosos denominan este proceso “compersión”, que significa aprender a desarrollar una sensación de gratificación personal gracias a la satisfacción emocional y sexual de la pareja, incluso si uno no es el que brinda esa satisfacción. “Lo importante es asegurarse de satisfacer las necesidades de todos, incluso las propias”, destaca Terisa. “Y no siempre es fácil, pero es parte de la diversión”.

Como mínimo, es complicado: hay que atender las necesidades de múltiples parejas, pensar qué decirles a los hijos, asegurarse de no lastimar los sentimientos de nadie. “Yo le digo ‘poliagonía’”, bromea Haslam, el investigador de Kinsey, que también es poliamoroso. “A algunos les funciona de maravilla; para otros, es un rotundo desastre”.

Algunos están casados con múltiples intereses amorosos, mientras que otros practican una suerte de matrimonio grupal e informal. Algunos tienen sexo en grupo —y muchos son bisexuales—, mientras que otros, como Greenan, mantienen una serie de relaciones heterosexuales exclusivamente de a dos. Y hay otros que no se identifican como poliamorosos pero su estilo de vida es claramente poliamorista. Terisa describe su grupo como una “tríada”, por la cantidad de integrantes, y dice que tiene una organización en forma de “ve”, donde ella es el centro (el nodo de la V) y sus dos parejas principales, Scott y Larry —que no tienen una relación íntima entre ellos—, son los brazos laterales.

Es fácil desestimar el poliamor como una especie de fantasía de estudiantes universitarios desenfrenados. Pero la verdad es que la comunidad tiene una marcada veta feminista: las mujeres jugaron un papel central en su creación, y la igualdad de género es un principio públicamente reconocido de esta práctica. La propia Terisa es una prueba concreta, ya que ella es el centro de su grupo. Terisa, Scott y Larry son poliamorosos desde la década de 1990, cuando se conocieron en San Francisco, porque eran parte del mismo grupo de teatro.

Terisa y Scott fueron los primeros en empezar a salir juntos. Los dos habían terminado una relación monógama de mucho tiempo —Terisa estuvo casada durante seis años— y sabían que querían algo diferente. Se enamoraron y, aunque estaban comprometidos, empezaron a salir con otras personas. A los dos años, Scott le presentó a Larry, un violinista de orquesta que ambos conocían. Cuando a Larry le ofrecieron el trabajo de Microsoft en Seattle, les preguntó a Terisa y a Scott si querían ir con él. “No podíamos creer que fuéramos a hacer eso”, recuerda Terisa. “Pero dijimos: ‘¡Vamos!’”.

No tardaron mucho en darse cuenta de que en Seattle había una próspera comunidad de personas que vivían igual que ellos. Había salidas, cenas mensuales y una lista de correo electrónico que ayudaba a que todos se mantuvieran en contacto. Larry incluso encontró un club para empleados de Microsoft que fueran poliamorosos, listado públicamente en el sitio web interno de la empresa.

El trío está junto desde entonces: comparten una casa con vista al lago en el vecindario Mt. Baker, en Seattle, donde tienen un huerto y tres perros. Suelen salir a caminar alrededor del lago, tomados de la mano uno con otro, y otro con otro. “Creo que si se nos diera la opción, todos elegiríamos tener algún tipo de relación abierta”, explica Scott, sentado en la glorieta de la familia, mientras contempla el Lago Washington. “A mí sencillamente me gusta la variedad”, afirma Terisa, entre risas. “¡Me aburro!”.

El trío vivió momentos emotivos. Scott atravesó un momento difícil la primera vez que escuchó que Larry le decía “amorcito” a Terisa, nueve años atrás. Larry se puso nervioso cuando Terisa empezó a tener una relación un poco más seria con un hombre fuera del grupo. En un par de ocasiones Scott tuvo que aguantarse escuchar a su novia tener relaciones con otra persona en la casa que comparten. Y hubo momentos en que todos se sintieron dejados de lado por alguna u otra razón. Pero desde un principio acordaron que no iban a tener una relación monógama, y son honestos con respecto a sus amantes. “No estamos traicionando la confianza de nadie”, dice Larry.

Por supuesto, hay algunas cosas que son personales. “Terisa no me cuenta detalles íntimos sobre ella y Matt, cosa que yo respeto”, comenta Scott. Cuando hay indicios de celos, charlan sobre lo que sienten, llegan a la raíz del problema y lo solucionan. “Es una de esas cosas que parecen muy elementales, pero creo que muchas de las personas que mantienen una relación convencional no se toman el tiempo para hablar con su pareja si no se sienten satisfechos”, reflexiona Terisa.

Larry y Terisa se casaron el año pasado —con el permiso de Scott—, en parte por razones impositivas. Larry es el dueño de la casa en la que todos viven, y Scott paga un alquiler. La planilla en la que registran los gastos de la casa es una hoja de cálculos bastante complicada. Si bien Terisa, Larry y Scott tienen un cuarto cada uno, tienen que definir quién duerme con quién. Larry ronca, así que Terisa duerme casi todas las noches con Scott, lo cual significa que ella tendrá que ocuparse de compensar ese tiempo perdido a Larry. Hace muy poco que Terisa y Larry empezaron a salir con Matt y Vera, una pareja que conocieron en Facebook. Ahora, todos los viernes, Matt y Vera van con su hijo a la casa de Terisa y su grupo, y se quedan con ellos todo el fin de semana. Matt suele dormir con Terisa, y Vera con Larry; a veces cambian, todo depende de cómo se sienten.

A todo esto, el niño tiene su propio cuarto. Y es, sin duda, la variable más delicada de la ecuación. Matt y Vera solicitaron que NEWSWEEK no usara sus apellidos —ni el nombre de su hijo— por temor a que, incluso en una ciudad liberal como Seattle, los convirtiera en un centro de atención indeseada.

Aunque Terisa no tiene hijos —ni quiere tenerlos—, adora al hijo de Matt y Vera, que le dice “tía”. Hace poco, el chico le preguntó a su papá a quién quería más: a su mamá o a Terisa. “Le dije: ‘Claro que quiero más a mamá’, porque eso es lo que necesitaba escuchar”, dice Matt. Tanto él como Vera son honestos con el chico, en la medida en que sea apropiado, dada la edad del niño. “No hacemos nada que ningún padre o madre normal de un chico de seis años no haga”, sostiene.

Por el momento, parece que funciona. El chico está contento, y hay dos personas más para ayudarlo a hacer la tarea o para llevarlo o irlo a buscar al colegio. Creen que a medida que crezca, empezará a hacer más preguntas, pero a la larga “lo que le hace bien es tener un ambiente estable”, comenta Fischer, la antropóloga.

Es cierto: es un nuevo paradigma y rompe algunas reglas. “El poliamor asusta a las personas porque sacude la visión que tienen del mundo”, señala Allena Gabosch, directora del Center for Sex Positive Culture (Centro para una Cultura Positiva sobre el Sexo), ubicado en Seattle.

Aunque tal vez esta práctica sea más natural de lo que pensamos: una respuesta a los desafíos que presenta mantener una relación monógama, cuyas falencias —en una cultura en la que el divorcio se convirtió en cosa de todos los días— son claras.

En algún momento, todos los que están en una relación tienen que lidiar con la eterna pregunta: ¿es posible que una persona satisfaga todas las necesidades de otra persona?

Los poliamoristas creen que la respuesta es obvia, y que sólo es cuestión de tiempo hasta que el mundo monógamo se dé cuenta de que hay más de una manera de vivir y amar.

“Las personas que me dan pena son las que nunca se dan cuenta de que tienen otras opciones además de las tradicionales que presenta la sociedad”, dice Scott. “Que reconozcan que hay una opción como el poliamor y que se digan: ‘Eso no es para mí’ está perfecto. Que reconozcan la opción y no se den cuenta de que pueden elegir ese estilo de vida es muy triste”.

fuente/24con.com

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