La masturbación de la mujer: ¿Placer culposo?
Pero ahí estaba, en medio del terror y casi de la nada, un orgasmo provocado por la masturbación de una chica muy linda en su ducha…
La película era un thriller, repleto de terror sicológico, balazos, sangre y policías. Pero ahí estaba, en medio del terror y casi de la nada, un orgasmo provocado por la masturbación de una chica muy linda en su ducha. Nada explícito, sin embargo, la sala de cine enmudeció en esa escena que nadie esperaba. Algunos suspiros por allá, un resoplo más acá, un movimiento de butacas muy cerca de mí.
Mi amiga Sofía me acompañaba a ver esa película presentada durante el tour de cine francés. A ambas nos llenó de pecaminosos recuerdos la escena. Y ésta, aunque bastante cliché (con el vapor en la puerta de cristal, una mano bajando por ésta y la otra en la vagina), me erotizó. Me dieron ganas, incluso, de romper de tajo la cortina de plástico que tengo en el baño y colocar una puerta transparente en mi ducha sólo para hacer yo misma una escena como esa.
No fui la única, por supuesto, que se sintió húmeda en medio de la oscuridad. Y debo intuir que fueron más mujeres que hombres los que sintieron ese mismo cosquilleo.
Quizá se debe a que a las mujeres nos encanta masturbarnos, tocar nuestros rincones y humedecernos nosotras mismas. A mí me encanta. Pero sé también que a muchas no les apetece, nunca lo han intentado o se han sentido “sucias” cuando lo hacen.
Espero que cada vez sean menos las chicas que no se atrevan a cruzar el límite de su propio erotismo. Yo, empecé a masturbarme, casi como todas: con culpa y placer. Así hasta que casi fue imposible dejar de hacerlo. No vayan a creer que se trata de un hábito diario. Tampoco. Pero sí es un acto recurrente que me ha dado sensaciones distintas (muchas de las cuales no tengo con alguien, por ejemplo) y otras que me han hecho conocer mis reacciones, la forma en que viene un orgasmo y saber qué definitivamente funciona conmigo y qué no.
Así, hasta que he sumado algunos años de práctica. Me he hecho conocedora de mí misma, de cada protuberancia, del tamaño de mi clítoris, de las curvaturas de mi vulva, del tamaño de mis labios, la sensación distinta de tocarme cuando estoy totalmente depilada y cuando no lo estoy. Cuando estoy húmeda y cuando no estoy para nada excitada, y no hay forma de que algo suceda.
Ahora lo hago con ayuda de mis manos, de mis dedos, de mis juguetes sexuales, de mis dildos, de la mano de alguien más, a solas, frente a alguien, mirando una película. Cada una de estas formas tiene sus propios encantos. Y al final, creo que todo se resume a una misma forma de conocerse para, luego, enseñar a otros a que te conozcan.
No hay forma tampoco de saber dónde está nuestro clítoris y el punto G, así como la forma de estimularlos, y esperar que un hombre lo sepa, si nosotras mismas no lo sabemos.
Siempre he pensado que la mejor manera para eso es comenzar por una misma. Hoy, aunque puedo decir que tengo muchas reacciones reconocidas en mí, siempre encuentro muchas otras distintas: cuando estoy demasiado estresada o preocupada por algo simplemente no hay forma de que el orgasmo llegue por mí misma (que no ocurre igual cuando estoy con alguien), cuando recién acabo de ver un video erótico siempre, pero siempre puedo llegar fácilmente a él.
Tampoco es algo que nosotras hablemos. A veces, ni con nosotras mismas. La culpa y el placer, como siempre. Pero pienso que podría ser bueno que comenzáramos a revelar historias de cómo tocarnos más y mejor. Sin culpas, como una práctica sana que ayudará posteriormente a nuestra relación sexual y que, lo mejor de todo, hará que nos reconozcamos en medio de nuestra propia marea de placer. ¿Placer o culpa? ¿Cuál prefieren ustedes?
fuente/elcirculorojo.com.mx/